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Medellín, 16 de febrero de 2006 No. 32

EL PODER DE LA EXPECTATIVA: EL EFECTO PIGMALIÓN

El poder de lo que se espera de otra persona es tan grande que por sí mismo puede condicionar su comportamiento. Lo que se cree que una persona es capaz de hacer, aunque no se le diga, resulta decisivo para su comportamiento y evolución. 

El Efecto Pigmalión es el proceso por el cual las creencias y expectativas de una persona afectan de tal manera su conducta que ésta provoca en los demás una respuesta que confirma esas expectativas.

Esta teoría es aplicable en la educación, en la pareja, en el hogar, en las empresas, y en la vida.

Según la mitología clásica, Pigmalión fue un rey de Chipre, apasionado por la escultura.

Durante mucho tiempo, trabajó con tanta dedicación una figura de marfil con forma de mujer que -según él- no existía ninguna mujer viva tan bella y perfecta como la que él modelaba con sus manos (Galatea). Todos los días trabajaba para darle toques de perfección a su escultura y todas las noches suspiraba para que fuese de carne y hueso. Tan enamorado estaba Pigmalión de su escultura, que hubiese dado todo lo que tenía para que cobrara vida.

Un día, Afrodita, la diosa del amor se compadeció de  de Pigmalión y dio vida a Galatea, convirtiéndola en la hermosa mujer que el rey creía que era.

Pigmalión y Galatea

A fines de la década del sesenta, un profesor de psicología llamado Robert Rosenthal, realizó el siguiente experimento: reunió a los maestros de una escuela y les mostró un test realizado entre los estudiantes, que indicaba que algunos eran más "brillantes" que otros. "De estos alumnos pueden esperar grandes resultados", les aseguró. En realidad -y respondiendo a los objetivos del experimento- ese test fue simulado por Rosenthal, para inducir a los maestros a pensar que determinados alumnos tenían más potencial que el resto. Sin embargo, al cabo de ocho meses, esos alumnos efectivamente obtuvieron mejores calificaciones que el promedio de la clase.

Como los maestros creían en los alumnos supuestamente "brillantes", les brindaron más atención, más apoyo, más tiempo y más retroalimentación. Esta abundancia de condiciones, se tradujo en un mejor aprendizaje y -luego- en mejores calificaciones. Aquellos niños no se destacaron por ser inteligentes, sino porque sus maestros creyeron que lo eran.

A través de su experimento, Rosenthal descubrió que las expectativas de los maestros se reflejaban en el desempeño de los alumnos. Su conclusión fue la siguiente: mientras más altas son las expectativas que tiene una persona respecto a otra, más probable será que ésta última logre resultados positivos. Este descubrimiento puso en evidencia el fenómeno que se conoce con el nombre de "Efecto Pigmalión".

El Efecto Pigmalión ocurre también en las familias. Como es natural, un padre tiene expectativas frente a sus hijos que -consciente o inconscientemente- comunica. Éstas condicionan las expectativas que tienen los hijos sobre sí mismos, quienes terminan comportándose de acuerdo a aquello que sus padres esperaban de ellos. Es decir, las expectativas de los padres influyen en cómo serán sus hijos.

En el amor, se usa el personaje Pigmalión para definir la personalidad del ser humano que quiere convertir a una pareja en algo que no es, en su ideal de perfección.

El efecto pigmalión en las organizaciones

En el ámbito empresarial, el Efecto Pigmalión se refleja en que todo jefe tiene una imagen formada de sus colaboradores y les trata según ella; pero lo más importante es que esa imagen es percibida por el colaborador aunque el jefe no se la comunique. De tal manera que cuando es positiva, todo va bien, pero cuando es negativa, ocurre todo lo contrario.

Es evidente que uno de los retos básicos de la dirección consiste en sacar lo mejor de los colaboradores directos. Los directivos no suelen tener problemas para trabajar con los de alto rendimiento, ésos que habitualmente se hacen cargo de los problemas, que están abiertos a cambios, que proponen buenas y nuevas ideas, que están capacitados y que tienen un fuerte compromiso. Sin embargo, es distinto cuando los colaboradores no tienen esa actitud, entonces las cosas se complican. La experiencia demuestra que los jefes suelen tratar a los colaboradores de bajo rendimiento de tal manera que, lejos de mejorar la situación, la empeoran.

La desconfianza inicial que el jefe tiene sobre un colaborador es el detonante del problema y tiene más que ver con la actitud percibida que con su aptitud. Pero esta pérdida de confianza desencadena un círculo vicioso difícil de romper. Una vez que se comienza a dudar de un empleado, las situaciones ambiguas son interpretadas negativamente. Es decir, los jefes ven lo que esperan ver, y ocurre lo que piensan que va a ocurrir.

Pero el problema no está sólo en las percepciones selectivas del jefe, sino también en su conducta. Suelen insistir en controlar los trabajos y pasan por alto los éxitos de estos colaboradores, e incluso los atribuyen a la suerte. Además, tienden a situar a los empleados de bajo rendimiento ante un dilema insoluble. Les asignan las tareas más rutinarias y fáciles de ejecutar, sin casi recursos y les limitan la autonomía y les talan las posibilidades de destacar. Al final, el colaborador ha captado las expectativas negativas del jefe y efectivamente su rendimiento se resiente y el jefe refuerza su propia imagen.

La capacidad de formar e ilusionar a los colaboradores que tienen los buenos directivos, es fundamental a la hora de construir equipos eficientes. Son directivos con un alto concepto de su capacidad, que ponen al servicio del desarrollo de sus profesionales. Cuanto más jóvenes sean estos, más posibilidad de influir en ellos a través de las altas expectativas formuladas. De ahí la importancia de la primera experiencia laboral, que puede marcar definitivamente la autoestima que un joven profesional construye, si tiene la oportunidad de encontrarse con un directivo Pigmalión.

CONCLUSIÓN

El viejo mito clásico sigue teniendo capacidad de influir en las empresas del siglo XXI, y ofrece a los directivos una invitación a reflexionar sobre qué esperan y cómo tratan a sus colaboradores. La productividad y el futuro de las empresas depende en gran proporción de su estilo de mando.

El Efecto Pigmalión invita a centrarse en las cosas positivas del otro, a destacarlas, exaltarlas, sacar a flote las que están escondidas, para darles la mayor importancia.

Así, de esta manera simple, apartando la atención de las debilidades del otro y concentrándola en sus fortalezas y potencial, se puede lograr que las personas den lo mejor de sí, se involucren en los procesos y jalonen el desarrollo de la organización. De esta forma se contribuirá a mejorar el clima social de la organización, se dispondrá al equipo para interactuar de manera cálida y entusiasta frente a sus clientes tanto internos como externos y en forma gradual se verá esto reflejado en los balances tanto social como comercial.

"Para nosotros, la dirección es el compromiso intelectual de la fuerza de trabajo en su totalidad al servicio de la compañía, sin autoimponerse barreras funcionales o de clase. Sólo el compromiso de las mentes de todos sus empleados puede permitir a una compañía vivir con los vaivenes y con las exigencias de su nuevo entorno."

Konosuke Matsushita, 1988


FUENTES

www.tecnoempleo.com

www.infocomercial.com

www.expansionyempleo.com


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